Resumen: Dexter es un murciélago que duerme con un frasco de luciérnagas porque le aterra la oscuridad. Cuando su luz se escapa, se ve obligado a enfrentarse a la noche y descubre que la oscuridad no es un monstruo, sino el lienzo de las estrellas.
Recomendado para: Niños de 4 a 8 años, padres que ayudan a sus hijos a superar el miedo a la oscuridad y educadores que enseñan sobre la perspectiva y la naturaleza.
Moraleja de la historia: No debemos temer a las sombras, porque la oscuridad es necesaria para ver las luces más brillantes del universo. Algunas bellezas solo se pueden encontrar cuando se apagan las luces.

Dexter era el hazmerreír de la cueva. Mientras todos los demás murciélagos dormían boca abajo en la profunda y acogedora oscuridad, Dexter dormía abrazado a un frasco de vidrio lleno de luciérnagas. Le aterraba absolutamente la oscuridad.
Para Dexter, la oscuridad no era solo la falta de luz. Era un monstruo de boca ancha. Las sombras en las paredes parecían garras de bruja, y el viento silbando en la entrada de la cueva sonaba como un fantasma gruñón.
— “¡Vamos a cazar polillas, Dexter!” — lo llamaban sus primos. — “¡No puedo!” — respondía él, con sus puntiagudas orejas temblando. — “¡Está muy oscuro ahí fuera! ¡Me golpearé la nariz contra un árbol invisible!”
La noche en que se apagaron las luces
Una noche, ocurrió un desastre. La tapa del frasco de vidrio se aflojó. ¡Pop! Las luciérnagas, felices de ser libres, se fueron volando. Una por una, las pequeñas luces de Dexter se apagaron en la oscuridad de la cueva.
Dexter entró en pánico. Se envolvió en sus propias alas como un cigarro de cuero. Su corazón latía tan fuerte que sonaba como un tambor: ¡PUM-PUM-PUM! — “¡Mamá!” — llamó, pero su voz salió diminuta. Nadie respondió. Toda la familia ya había salido volando.
Dexter sabía que no podía quedarse allí solo. El miedo a estar solo era incluso mayor que el miedo a la oscuridad. Tenía que encontrar a su mamá. Respiró hondo, abrió una pequeña grieta en su ala y echó un vistazo. Todo estaba negro.
El cielo de terciopelo
Dexter dio un paso. Luego otro. Llegó al borde de la cueva y se lanzó al vacío. Voló con los ojos cerrados con fuerza, guiándose solo por el sonido. Whooooosh. El viento rozó su cara. No era un fantasma; era solo aire fresco con olor a rocío matutino.
— “Abre los ojos, hijo” — susurró una voz familiar a su lado. Era su mamá. — “¡Tengo miedo! ¡Todo está negro!” — gimió Dexter. — “Mira hacia arriba” — dijo ella.
Dexter abrió un ojo. Luego el otro. Se quedó sin aliento por la sorpresa. El mundo no era un agujero negro aterrador. El cielo era una suave manta de terciopelo azul noche profundo. Y prendidos a ese terciopelo había millones de diamantes brillantes. Las estrellas le guiñaban un ojo. La Luna Llena era una bola de plata gigante, iluminando las copas de los árboles como si estuvieran hechas de azúcar.
Encendiendo las luces
Abajo, las luciérnagas que habían escapado de su frasco bailaban sobre el lago, su luz reflejándose en el agua. Dexter se dio cuenta de algo mágico: si el mundo siempre fuera brillante, como el día, nunca vería el brillo de las estrellas. La luz necesitaba la oscuridad para brillar.
Soltó una risita feliz, hizo una voltereta en el aire y se sumergió en la noche estrellada. Dexter descubrió que la oscuridad no es para esconder monstruos; es para encender las luces más hermosas del universo.
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